Umbral
Norma Denisse
Al salir por la puerta encontró el interior del mundo. Las manchas blancas bloquearon su campo de visión y se derrumbó todo a su paso. Consumió lo que creyó su último respiro: morirían las aves, insectos y cactáceas. Antes de cerrar los ojos, le pareció que la Tierra se detuvo.
Un ataque de pánico lo despertó. Sentía el corazón latiendo en su oído, el pecho oprimido y varias manos frías enroscadas en su cuerpo. Apenas podía moverse, tenía un bloque de cemento encima y el codo de un cadáver en las costillas.
Confirmó que el suelo estaba hecho de muertos.
Su vida había sido diseñada con precisión: las mejores escuelas y maestros, noches de estudio, buen trabajo, casa sobria. Ninguna injusticia o abuso, al contrario: siempre los valores, la moral en turno, la ayuda a los demás. Tanto esfuerzo para, al final, terminar entre cadáveres y escombros.
Se arrepintió de sus decisiones, ninguna lo había hecho feliz. Decidió entonces que el fin del mundo era su culpa. Gritó por ayuda y el silencio le respondió. Por primera vez pensó en el Creador.
Si había un autor de todo cuanto existe en el universo, significaba que nadie podía decidir: no había un camino más corto, ni libre de sufrimiento. ¿Por qué hacer criaturas imperfectas? ¿Por qué exponerlas al dolor? ¿Por qué castigarlas? Si su poder es inconmensurable, ¿por qué descansó el séptimo día?
Renunció a reconciliarse con Dios, y prefirió hacerlo culpable de su miserable destino. De existir un Creador no tendría misericordia. Nadie podría permitir el sufrimiento de un hijo, ni siquiera del peor. Nadie.
Con la rabia de su reciente descubrimiento, se liberó de la loza de cemento que oprimía su pecho. Miró los escombros de lo que alguna vez fue su vida, todo alrededor le era ajeno: dolor, tristeza, miedo, apego. Todas las emociones parecían caricatura. Si la catástrofe fue culpa suya, entonces él era el primer ser sobre la Tierra, Dios.
Al principio creó Dios el cielo y la tierra. Su espíritu danzaba sobre las aguas, en tinieblas de una soledad caótica. Y dijo Dios:
—Que exista la luz.
Y la luz existió. La llamó día y a la obscuridad noche. El día iluminó los cadáveres del viejo mundo y por un momento Dios se perturbó, pero recordó que era todopoderoso y recuperó el ánimo. El segundo día juntó la tierra en un solo lugar, para sembrar a los muertos con la espalda reposando sobre el suelo. Como no hubo espacio suficiente, juntó las aguas y sumergió los cuerpos que no encontraron espacio en la tierra. Se compadeció de lo aburridos que estarían los difuntos mirando eternamente hacia arriba, así que al día siguiente hizo el cielo.
—Que haya lumbreras en el firmamento celeste para entretener a los muertos e iluminar su carne podrida.
Y así fue.
Y pensó Dios en la soledad de los muertos, entonces dijo:
—Llénense las aguas de seres vivos y aves que vuelen sobre la tierra y lo ancho del firmamento para acompañar a los difuntos.
Y creó Dios por especies a todos los seres vivientes que se deslizaban sobre los cadáveres, y llenaban las aguas y el cielo. Vio Dios que era bueno, tan bueno como irrepetible, y entonces tomó una larva para insuflarle aliento de vida, y esa larva se convirtió en dos moscas. Y Dios las bendijo diciéndoles:
—Crezcan y multiplíquense, llenen la Tierra y sométanla: dominen sobre los peces del mar, las aves del cielo y el resto de los animales. Les doy como alimento todos los muertos que enterré, si se terminan las provisiones coman de los que sumergí.
Y así fue.
Vio entonces Dios lo que había hecho y todo era muy bueno. Así quedaron concluidos el cielo y la tierra. Dios había terminado su obra. Jugó a los dados y descansó cuatro días.
—No puedes descansar cuatro días —le dije.
—Sí puedo, porque soy Dios, soy el creador de todo cuanto ves.
—Pudiste crear este mundo porque yo lo permití.
—No sabes lo que dices, fui el último sobreviviente del viejo mundo, eso me convierte en el creador del nuevo. He diseñado toda la magnificencia que puedes ver.
—Yo dirigí tus pensamientos y te dejé realizar cada acción.
—Soy consciente de haber decidido la nueva conformación del mundo, tú no tienes el poder.
—Yo te otorgué la consciencia, sin ella nada de lo que creaste sería posible. ¿No te has preguntado quién soy?
—No lo necesito, alguna mosca insubordinada quizá.
—¿Acaso concediste a las moscas la capacidad de rebelarse?
—No. Yo soy el que forma la luz y crea las tinieblas. El que otorga bienestar o provoca calamidades. Yo hago el bien y condeno a la desgracia.
—Yo escribí esa frase. ¿Podrías acaso escribirte a ti mismo y permitir que yo descanse cuatro días?
—Pero tú, yo…
—Debería comenzar de nuevo. Arrancar todas las páginas y empezar con otra idea que no sea la de un Dios que se escribe a sí mismo porque, claro, es el autor del mundo. Pensarán que es demasiado pretenciosa, o demasiado obvia, o demasiado algo. Las grandes historias ya fueron contadas, y yo estoy aquí esperando que las palabras precisas se acomoden en el orden correcto para crear un cuento irrepetible. Pierdo el tiempo.
—Si es así, dame un final perfecto. Me ofende ser tu personaje y no uno de Bradbury, o algún otro escritor de renombre.
—Pon de tu parte, permite que en tu vida haya conflictos. Los personajes planos no le interesan a nadie.
—¿Entonces por qué me diste un mundo de unas cuantas páginas?
—Deja de reclamarme por no ser compasiva, necesito tu dolor para crear mi historia. Tú también lo necesitas para cambiar el final del cuento, comprende, necesitamos dinamismo.
—Hazme comprender, ya que tú eres la Creadora, no yo. ¿Cierto? Tienes el poder, aunque sea por la fuerza.
—Pero entiéndeme, no soy una tirana. Prefiero escuchar a mis personajes y dejar que hablen, antes de obligarlos a razonar como yo. Pensándolo mejor, alguien más me está escribiendo, ¿por qué me obligan a mí? Si tengo todo el poder en esta historia, quiero ser la escritora que permite que sus personajes sean felices de principio a fin. Quiero que tú, mi personaje, puedas crear un mundo donde habitan moscas y seas feliz en él. Ningún otro personaje con el nombre de Dios puede venir a molestarte diciendo que eres un Don Nadie con el poder que te otorgó un ser superior. Al salir por la puerta quiero que encuentres eso, una salida, no una entrada, que el final del mundo no signifique el inicio de otro. Permítanme ser feliz y no tener conflictos con mis personajes. Quiero vivir en mi propio cuento donde no sea una escritora. Quiero ser alguien más. Cámbienlo todo. No terminen la historia aquí. Escríbanme. Léanme. Regresen. No se atrevan a cambiar de página.
Ilustración: Valo Guzmán